Echo de menos a mi padre todos los días.

Aunque no fuera el más tranquilo (nació en 1936, cuando estalló la guerra civil en España), mi padre era la única persona del mundo ante la que podía presumir de mis logros, sabiendo que causaría felicidad. El mío era uno de esos padres que te hablan como si estuvieras a su altura, sin importarle la infancia porque, tal vez, la suya pasó inadvertida en mitad de una posguerra golpeada por el drama. Le recuerdo, a mis diez años de vida, pidiéndome consejo en asuntos relevantes, sobre la empresa, los negocios y la familia.

Ciertamente, a su lado, me sentía mayor siendo una niña. Supongo que, tal vez, por eso crecí rápido.

Mi padre, en mi década de los veinte, presumía de hija universitaria. Entonces, él pensaba, como tantos padres de aquella España de poca escuela, cartilla de racionamiento y mucho miedo, que ir a la Universidad era un plus de inteligencia y de prestigio. Era algo así como ser importante, de clase alta.

Fui la segunda de sus cinco únicas hijas. Sé que, en este aspecto concreto, le decepcioné o se llevó un gran disgusto: No nací varón. Me dijeron que salí bastante fea y cabezona. Al parecer, yo, de niña, casi nunca cedía o claudicaba. En casa, solían recordarme cómo, en una ocasión, siendo yo bien pequeña, mi padre se enfadó mucho y bajó toda la cuesta de Canalejas (es bastante larga) pegándome una zurra hasta que, según contaron, tuvo que dejarme por imposible. Yo, afortunadamente, no recuerdo este capítulo. Solo retengo su confianza.

Entonces, a principios de los setenta, esas reprimendas violentas eran lo habitual y, lo extraño, la democracia de las palabras. Que te pegaran dos tortazos estaba al orden del día. Yo, sin embargo, solo recuerdo a mi padre abundante, generoso, empresario. Murió demasiado pronto. Nunca fue un hombre paciente. Le gustaba conversar y, sin embargo, hablaba poco.


Hoy, no sé qué tipo de padre fue el mío. Solo sé que lo echo de menos; que hace años que no puedo presumir con nadie, ni agrandar ninguna hazaña.

Hay una foto que me viene a la memoria ahora: vestida yo toda de negro, colgada de su brazo, en la boda de una de mis hermanas. Tenía yo veinte años. No sé por qué me vestí de negro. Estamos los dos sonriendo. El tiempo pasa volando y, sin embargo, las emociones quedan. Es casi diecinueve de marzo. @MPpescador

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