martes, 16 de octubre de 2018

Renuncio a mi cargo



Observo algunas personalidades más propicias al mando que la mía. Son certeras, parecen tenerlo todo claro, casi nunca cambian de opinión y, salvo en contadas excepciones, no hablan de sí mismas. 

Suelen ser, los (y las) líderes, personas discretas, calladas, observadoras y capaces de poner la oreja para escuchar a cualquiera con una buena dosis de empatía sin sufrimiento. Me explico: atienden, parece que entienden, pero no llegan al punto de llorar contigo, por lo que pueden escucharte muy a menudo y convertirse en confesores con efectos terapéuticos o destructivos, dependiendo del fin o la causa a la que sigan.

La escucha, ciertamente, es su mayor poder. Observan, callan, y casi nunca se ponen en contra, ni juzgan. Un líder no da consejos salvo petición expresa. No se reniega por pequeñeces y se incomoda si las preguntas son demasiado directas o personales. De sus emociones, no hablan. Solo atienden las ajenas y suelen congratularse. Son asertivos, cuando toca.

Los líderes son personas tranquilas, solitarias, poco ruidosas y muy atractivas para los amigos, en especial aquellos que necesitan apoyo, entendimiento, escucha activa. Cuando hablan (en pocas ocasiones) sientan cátedra y lo hacen en el momento oportuno, cuando deben hacerlo, con una frase de esas que dan en la diana de lo que todos piensan, o con una pregunta.

Los líderes casi nunca coinciden con los jefes impuestos; son, precisamente, sus observadores críticos, aquellos que permanecen atentos, al acecho, para evitar cualquier impertinencia autoritaria. El líder no manda; en todo caso se opone o dispone y no necesariamente ocupa un puesto directivo; a menudo, el líder evita los cargos o el exceso de responsabilidad; prefiere mantenerse en la retaguardia hasta que los seguidores le aclaman por mayoría.

Me la juego por inconsciente
Digo que la mía es una personalidad poco propicia al liderazgo porque suele ocurrirme lo contrario: Me puede la espontaneidad, peco de atrevida, hablo de mí misma y me la juego a menudo con dosis de sinceridad en la que comparto vida, profesión, intimidades y experiencias. No me callo y, encima, me cuesta escuchar. Prefiero predicar en el desierto que aguantar una misa del tirón. Ciertamente, (antes más que ahora) reclamo que me cuenten muy rápidamente las cosas porque siempre tengo prisa, demasiadas tareas pendientes y una necesidad imperiosa de hacer, hacer, hacer. Incluso, soy de las que hago lo tuyo, lo suyo y lo de otros muchos, si el asunto lo requiere o me lo piden.

Me he propuesto, sin embargo, trabajar esta manera mía de ser tan poco líder. Voy a reformarme, a practicar la astucia, a ganar en seguidores, a cargarme el puesto, a quitarme los galones, a ser más líder. Voy a entrenarme en liderazgo para crecer por la senda de los libros, los proyectos y las personas. Quiero que el equipo de la editorial LoQueNoExiste y de Medialuna funcione cohesionado, con fuerza y objetivos claros; voy a empezar a callar; a practicar la escucha activa. Solo quiero estar presente, observar, dejar hacer, permanecer en la retaguardia, cargarme el cargo, disfrutar del talento. Escuchar. Escuchar. Escuchar. Eso quiero.
@MPpescador



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