lunes, 23 de julio de 2018

¿De quién no hablo nunca en casa?


¿De quién no hablo nunca en casa? ¿Qué secreto esconden mis antepasados? ¿Qué lugar de procedencia ocupo en mi familia? Nací la segunda. Mis padres me explicaron (en tono de humor) su decepción y lo fea que era: ¡Esperaban un chico para compensar a la primera y llegué yo el mismo día de la Merced! 

El universo es sabio; quiso compensarles. Después de mí, llegaron a casa tres hijas más, mis hermanas pequeñas. No hubo rastro de varón hasta Dani, mi primer hijo, su primer nieto, y el primer sobrino de mis cuatro hermanas.
Importa cuándo aparezco en el mundo y qué lugar ocupo en mi sistema familiar. Recuerdo con perfecta nitidez la reacción de Dani (tenía solo cuatro años) cuando llegué a casa, en diciembre de 1998, con su hermano Pablo recién nacido en mis brazos:

- “Llévatelo. No lo quiero”.

Vivo en un mundo especializado en excluir. De mis antepasados, he aprendido a hacerlo en guerras, disputas familiares, conquistas, nacionalismos, comunidades de vecinos, empleos y cargos. Me ha llevado tiempo, trabajo y economía, desaprender esta lección tan arraigada en las entrañas de mi humanidad. He tenido que aprender a no despreciarme ni depreciar, y lo he hecho de la única manera que sé: viéndome en mi misma, en mi propio espacio, como madre de mis hijos, como administradora de  empresa, como hija, hermana, compañera y mujer.

Aprendí que mi lugar es único y, como mi vida, está reservado exclusivamente para mí. Nadie puede ser Mercedes Pescador salvo si renuncio a mí misma y desaparezco viva o muerta. Si ocupo mi espacio en el universo, todo fluye.
Para verme así, tuve que distanciarme. Parece una redundancia y, sin embargo, es mi certeza. Si miro en mi interior, encuentro el lugar oportuno y la vida, infinitamente sabia, me guía. Si escucho mi corazón, confío; todo fluye.

Aprendo a pintar mi vida


En la marejada familiar, laboral y social, siempre me busco. Empecé a dibujarme escribiendo a los siete años, o tal vez antes de nacer, de forma inconsciente, sobre un mural que sigo coloreando con alegrías, tristezas, rabias, sorpresas y miedos. Hoy soy consciente de este mural lleno de posibilidades; elijo los pinceles y los tonos rosa y azul. Me gustan los paisajes amables, optimistas, coloridos como el orgullo de Jesús G. Amago, autor de Sin barreras, sin armarios (LoQueNoExiste). Estoy aprendiendo de él y de otros artistas a pintar mi vida de colores. Reconozco su luz porque también veo la mía.

Mi amiga Marta Cao, arquitecta y una de las autoras de Empresarias, una manera de estar en el mundo (editado por LoQueNoExiste para ASEME) dice que el espacio determina las relaciones, y que las relaciones siempre son de poder: quién y cómo ejerce la autoridad.

He conocido a verdaderos especialistas en ocupar espacios ajenos, a personas que- de manera inconsciente o empujados por el deseo de reconocimiento, bienes materiales u otras cuestiones externas- viven desubicadas. Yo los llamo “ocupas emocionales”. Si me dejo, acaban poniéndome las maletas en la puerta y echándome de casa, no sin antes comerme el bocadillo y romperme mi mural. Estas personas son maestras imprescindibles. Con ellas he sido consciente de la importancia de ocupar mi propio territorio, de seguir mis coordenadas.

Admiro cómo algunos animales son más perros, más zorros, más leones y defienden sus territorios: orinan en su zona de influencia, muerden, ladran y atacan cuando se ven amenazados. Todos cumplen su cometido. Los ocupas se convierten en sus retos, sus objetivos, y les muestran el camino del reconocimiento propio.

 Los ocupas son, para mi, impulsores del empoderamiento. Sin ellos, tal vez, no hubiera sido tan consciente; ni hubiese grabado a fuego la clave de mi vida: “Si ocupo mi espacio todo fluye”. He desarrollado habilidades para identificar al humano desubicado, ese que va pisando territorios ajenos, o el que camina como perdido, sin propósito ni alegría. Suele ser impositivo, irascible, dinámico, poco empático y autoritario. Es fácil reconocerlo porque siempre está emborronando el espacio ajeno, sin pintar su mural.

Gracias a todos ellos, hoy cultivo mi campo de amapolas en libertad, sin excluir a nadie y sin sentirme excluida. Desde mi propio espacio, disfruto. Pinto un mural, el mío, lleno de vidas bonitas, de seres irrepetibles como Jesús G. Amago, un autor con espacio propio.

Os espero mañana en Recoletos 1, a las siete de la tarde, para hablar de su libro . En CERMI. ¡Gracias! @MPpescador

jueves, 19 de julio de 2018

O ponemos la mesa entre todos, o no cenamos



Miro esta foto y veo optimismo. Parece que los que integramos el nuevo foro de discusión y pensamiento Woman Forward estamos de enhorabuena, que creemos que es posible cambiar el mundo hablando, lanzando datos de desigualdad (la pensión media masculina asciende a 1.155 euros, la femenina se queda en 732 euros) y presentando a la Prensa la iniciativa. Lo hicimos ayer, 18 de julio, en el centenario del gran idealista Nelson Mandela, ejemplo universal de poderío y confianza.

Todo lo bueno suma cuando existe voluntad, capacidad de trabajo y compromiso. Crear equipo siempre depende de estas tres máximas. Medialuna y la editorial LoQueNoExiste se han sumado a la iniciativa con papeles y prestando su apoyo: estamos comunicando a la prensa esta iniciativa, gestionando entrevistas y generando contenido con atractivo periodístico. Confío en que muchos pocos sumen un mucho y veamos pronto cómo las mujeres subimos un 25% el Producto Interior Bruto en España. Me alegra ayudar cuando puedo hacerlo.

No quiero perder valor, ni  talento, ni liderazgo. Quiero generar riqueza, precisamente, con el talento, el mayor arma de crecimiento que tenemos. Solo si sumo aumento mi cuenta de resultados. Vamos, vamos, es posible hacer un mundo mejor. Empiezo por mi propia casa: Anoche, sin ir más lejos, monté un pollo monumental: 

-"La mesa, o la ponemos entre todos y todas, o no cenamos".

Se acabó la fiesta de las serviciales incondicionales. Aprendemos igualdad en la infancia y al contrario. Este sí me parece un gran gesto por la humanidad, por mis dos hijos varones y por la pequeña Luz. Cuesta desaprender lo aprendido. Si empiezo por mi, podré hacer algo por ti.

martes, 3 de julio de 2018

El amor sí tiene orgullo y no calla

Hace días que no te escribo. Te tengo descuidada; como tantas, te dejas para cuando ya no  queda tiempo pendiente salvo tu noche. Soy yo. Te reconozco, sabes que me escribo a mi misma, que escribir es mi propia terapia.

Me consta que me lees, que esperas algún mensaje de ánimo; alguien que te recuerde quién eres (" una mujer poderosa, amorosa y abundante"); que asegure que el tiempo no te arruga el alma ni te desacredita. Gracias por tus palabras. Es cierto: puedes con todo lo que te echen encima. Mira lo que has conseguido en solo dos décadas: tus hijos en marcha, tu casa bien limpia, tu niña mimada, la sonrisa intacta. Claro que sí. En realidad, las tragedias no tienen nada que ver con las grandes decepciones cotidianas. Hoy, estás aquí, y mañana bailando salsa. Confía. Las tragedias las carga solo el diablo, pero a ti te acompaña Dios.

Las tragedias son como las de Manuel Azaña, el hombre que tuvo que esconderse de todos, huyendo de la guerra más incivil de España. Leo El holocausto español, odio y exterminio en la guerra civil y después (Paul Preston) y me estremece tanta amargura: "Esto sí que no lo aguanto", dijo Azaña poco antes de morir al conocer, ya en su exilio en Francia, el asesinato de su cuñado a manos de los franquistas. Cuánto odio concentrado hace apenas unos años en esta España.


Los odios colectivos me aterran. Casi nunca suelo percibir los individuales. Toca combatir, desenterrar los males, desinfectar las heridas del pasado, hablar de ellas para poder cicatrizarlas. No se pasa un mal solo por obviarlo. No entiendo un luto sin llanto, porque, en algún momento, ese dolor no curado resurgirá en forma de rabia,como las heridas que sangran y sangran.

Toca desterrar al símbolo del holocausto español, sacarlo fuera, mostrar el daño del germen de un terrible odio colectivo, para que nunca resucite en el mismo lugar, para sanar en alguna medida nuestro holocausto. Conviene echarlo de nuestras almas, que deje de estar en  tierra compartida.

No me da la gana de callarlo. Me niego a perdonar sin tener curado el daño; la gasa sobre la herida infectada agrava el mal. Perdono, pero solo después de entendido el daño.

Todos los muertos se lloran en algún momento de nuestra vida, como yo lloré a mi padre, día, tras día, noche tras noche, durante tantos meses que me quedé sin ganas, renovada, aliviada de tanto llanto. Me niego a no llorar cuando toca hacerlo. Es demasiado cruel tapar al muerto; hasta inhumano que quede en la cuneta sin bendición ni consuelo. Llorar es, simplemente, la manera más humana de ser, simplemente, humanos. Es cosa de verdaderos hombres y de mujeres verdaderas.

Llorar sirve para curar el alma. Desconfío de todo aquel que nunca llora ni recorre su alma en busca de consuelo. El que no llora, sin duda alguna, no ama. Y ¡ay del que no ama! Desconfía del que no ama porque es capaz de generar tanto dolor como el que mata.

Desconfío del que calla o esconde a sus muertos, del que no menciona el nombre de su amado, enterrado en cualquier armario de la casa; del que dice no temer la muerte, porque en realidad teme a la vida. El amor sí tiene orgullo, es el mismo orgullo de feminista contra la Manada, el orgullo de todos los que aman al ser humano por ser, simplemente, humano, sin género de dudas, sin edad, sin armarios ni barreras. Todas son emocionales; pocas veces físicas.

Este es nuestro último título en LoQueNoExiste: Sin barreras, sin armarios, escrito por Jesús González  Amago. Lo que está promocionando estos días Medialuna. Me siento orgullosa de haberlo cobijado en mi sello justo en la semana del amor, contra el odio. 

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