miércoles, 19 de marzo de 2014

Sobre la autoridad en la empresa


Las relaciones personales y profesionales giran en torno a este concepto: la autoridad. Quién manda, cómo lo hace y cuánto. Alrededor de estas tres cuestiones se dibujan los grandes desastres o los pequeños aciertos en las organizaciones. Ocurre lo mismo en las casas. Dentro y fuera, de la empresa o del hogar, encontramos ejemplos que ponen en evidencia esta tesis. Si quien manda lo hace poco o de mala manera, probablemente encontraremos una empresa o una familia sin rumbo cierto o con destino equivocado. Si se cometen excesos en el uso de la autoridad, tal vez encontremos trabajadores cargados de miedo; también, hijos asustados sin motivación ni confianza.






En las familias, en especial con los menores, la ausencia de límites suele ser tan devastadora como el grito atronador. Dicen que en Europa faltan líderes con autoridad y garra. Asusta mirar atrás y encontrarnos con aquellos que levantaron el puñal como signo de fortaleza. Conviene hacer la reflexión: la autoridad, cuando es equilibrada y sana, no pone mala cara, ni se altera, ni grita, ni levanta la espada. La autoridad, cuando tiene su dosis adecuada, es silenciosa, genera seguidores animosos que siguen un camino cargado de sonrisas y de aliento.



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