lunes, 10 de marzo de 2014

Los orígenes de mi trayectoria profesional (Capítulo 1)


Voy a hablar de mi. Acto de vanidad supina. ¿Por qué no? Me interesan las biografías. Más aún las autobiografías. Son difíciles. Las escriben todos muy tarde. La mayoría, las deja inacabadas. Me gusta escribrir y, aunque yo no soy del todo relevante en el mundo o no todo lo que uno entiende por famoso, lo hago como un ejercicio de autocomprensión; una especie de terapia en la mitad del camino, si es que logro vivir otros 47 años más... Si solo hablo de mi, todo será más fácil. No ofenderé a nadie. Porque, confieso, estoy bastante cabreada. Si supiera que no pasa nada, a más de uno le pegaría una zapatillada sobre la espalda. Me contengo. Hablaré de mi misma, con mi yo más elemental con el que tampoco mantengo una relación idílica. A veces, me dejo maltratar.

Periodista o peluquera

Me pregunto por qué siempre anduve y continúo liada con varios proyectos simultáneos. Si me remonto a mi juventud más tierna, compaginé estudios en Madrid, con el trabajo de los veranos en Santander. Me licencié con 22 años en dos facultades distintas: la de Ciencias Políticas y la de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. Siempre parecía tener una doble vida, con dobles clases y dobles tareas.

Las vacaciones de aquellos años universitarios las pasaba haciendo prácticas de periodista en el diario Alerta de Santander, mi tierra. O me ocupaba de esto o mi destino era la peluquería de mi padre, peinando y lavando cabezas a mansalva los julios y los agostos. Recuerdo la emoción de mis artículos firmados en aquel, entonces, esplendoroso periódico. Me parecían toda una hazaña. Más aún me lo parecieron, las simbólicas escasas pesetas que recibía a cambio.

Pensaba, entonces, y también ahora, que era yo la que tenía que haber pagado a aquel periódico por la oportunidad de dejarme escribir, de hacer lo que me gustaba: escribir, contar lo que ocurría en mi tierra.

¡Aquella grabadora negra!

Las primeras once mil pesetas de mi primer mes en prácticas me las gasté en una elegante grabadora negra. Era alargada, de cintas pequeñas. !Nunca debí tirarla! ¿Por qué carajo la tiraría? Es algo de lo que debo ocuparme en algún momento sosegdao de mi vida, si es que lo encuentro: mi necesidad de tirar lo viejo y de seguir hacia adelante, sin nostalgia de pérdida de ánimo. Tal vez, esta frialdad con los objetos o recuerdos, me ha ayudado mucho a avanzar en mi propia empresa, en Medialuna, sin bajar la guardia ni quedarme instalada en la nostalgia de lo perdido. Al frente de una empresa, uno debe mantenerse ahí, precisamente, en posición de mirar al frente; de echar la vista atrás, salvo para coger carrerilla.

Con aquella grabadora negra entrevisté a Jordi Pujol, a Espartaco, a Aznar, o al mismísimo Rostropóvich. Guardo más preguntas en mi memoria que respuestas. En una ocasión, Fernando Morán, me hizo la siguiente apreciación: 

- ¿Qué difícil es preguntar, verdad? Para hacerlo se precisa conocer parte de la respuesta, dijo.

Con menos de veinte años cubría las ruedas de prensa del polémico presidente de la autonomía, Juan Hormaechea, y de numerosos actos informativos de grandes empresas, instituciones e intelectuales de renombre que se congregaban en torno a los veranos de la Universidad Menéndez y Pelayo de mi ciudad. En ocasiones, iba en pantalón corto. Otras, vestida con la ropa de mi madre. No siempre acertaba. La juventud tiene este tipo de inconvenientes de forma.

Quería escribirlo todo

Aquellos primeros veranos periodísticos, incluidos algunos domingos como responsable de las páginas de sucesos, marcaron profundamente mis inicios en el mundo de la comunicación. Con 22 años escribía editoriales y analizaba la realidad política de mi tierra. Cuando libraba, era yo quien proponía temas al director del periódico. Quería escribirlo todo, sin descanso y sin tregua. 

Recuerdo con especial intensidad un reportaje que titulé ‘Horas Bajas en la Calle San Pedro’. Retrataba a las prostitutas de mi ciudad en plena faena. Fue realizado en una noche intensa, de bar en bar, a la caza de entrevistas espontáneas con prostitutas anónimas. Tuvimos que salir corriendo, el fotógrafo Nacho Romero y yo, de aquella calle pendiente y peligrosa, perseguidos por un chulo que amenazaba con rajarnos la barriga con una navaja!

Yo corría con miedo y emoción. Feliz, con mi libreta llena de declaraciones apuntadas a mano, de aquellas mujeres de mirada agridulce que parecían ir a menos por la droga y la falta de clientes.


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