lunes, 13 de enero de 2014

Ante un evento, ponte en lo peor…

¿Qué transmite la palabra? Sincérese, ¿la asocia a vivencias estresantes o placenteras? Depende de su ángulo de mira. Si es usted quien organiza, profesional de los eventos, probablemente esté de acuerdo conmigo en la necesidad de cambiar de vocablo; de sustituirlo por otro más oportuno, como festejo, sarao o regocijo. Lo que dice el diccionario (acontecimiento imprevisto. Suceso) contradice el significado que tiene en realidad para una agencia como Medialuna, dedicada al arte de organizarlos. Los eventos, digo.

El evento, para que llegue a buen término, exige planificación minuciosa y método. Es para nosotros sinónimo de cálculo, agenda matemática, tiempos perfectos; previsión de ponte en lo peor, imagina que en el último momento… Cuando un veterano organizador de eventos entra en faena, ningún detalle queda en manos del azar o la sorpresa. En su lenguaje diario usa el por si acaso, el mejor dos escenarios que uno, el repuesto inmediato, el micrófono de mano además del inalámbrico. Por eso, evento, como tal, no deja de ser un dilema, una palabra mal usada en el sector de las agencias de comunicación y Relaciones Públicas. Hay que cambiarla. 

Dedicarse profesionalmente a este oficio es cuestión de recursos humanos y de experiencia. También de asumir la convivencia, de compartir esfuerzos. La organización del evento requiere siempre cierta dosis de maestría a la hora de trabajar en equipo y de encajar cada pieza en su lugar, como si de un puzzle se tratara. Delegar las tareas, asumir la responsabilidad.

Recuerde los siguientes binomios: sorpresa-planificación; razón-emoción; poesía-lenguaje administrativo. Sea capaz de encontrar a los poetas, a los de las cien ideas infundadas o fantásticas; pero no se conforme con sus versos.


Imagen de un evento organizado por Medialuna para El Día Internacional de la Mujer

martes, 7 de enero de 2014

Una cena con Fernando Encinar

Recuerdo bien la noche de finales de 1999 que cené con Fernando. Me contó que andaba meditando si se embarcaba con su hermano Jesús y un amigo de éste, César, en una empresa que pretendía introducir en España un nuevo concepto en la búsqueda de piso. Dijo que El Segunda Mano iba a desaparecer.

- ¿Cómo vas a dejar la Comunicación, con lo bien que se te da?, le pregunté.

- Estoy harto de las agencias. Quiero un cambio radical, dijo

Lo confieso: no me lo imaginaba entonces en otro mundo que no fuera ese, el de las Relaciones Públicas, donde habíamos trabajado juntos unos cuantos años. Cuando un amigo te cuenta un sueño, resulta difícil implicarse, visualizarle en otro contexto, con otro apellido. Tendemos a encadenarnos ante los demás. A que la gente se quede donde estamos nosotros.

A los pocos meses, muy curiosa, le visité en la primera oficina de idealista. Era un piso antiguo, amplio, señorial, ubicado en pleno barrio Salamanca de Madrid. Recuerdo que chirriaban las maderas al pisar; que había una enorme cocina, con un enorme frigorífico y pocas personas trabajando. También recuerdo la hiperactividad de un fotógrafo que iba y venía con su cámara a cuestas.

Fernando me contó que planeaban cambiarse pronto: el piso estaba resultando un completo desastre por la falta de resistencia de luz, que se iba cada dos por tres. También me contó que les estaba costando mucho encontrar rastreadores y, lo más llamativo, que andaban buscando inversores para su proyecto empresarial. Habían creado un plan de empresa, y se encontraban en ese punto de arranque en el que todo puede irse al traste o prosperar. Lo contaba alegre, sin embargo. No dejaba de sonreír.

En 2003, ya estaban en otra oficina, en la actual, al lado de las Cortes, frente al lujoso hotel Palace. Recuerdo como si fuera hoy aquella segunda visita. Me quedé impresionada con el despliegue de medios: había mucha gente trabajando; era un espacio sin paredes ni despachos, y su mesa se encontraba en medio de todas las demás. Aquel fotógrafo, el de la primera oficina, seguía allí con su misma energía.

Fernando me habló del equipo, de una manera diferente de hacer empresa, de comunicarse en el trabajo, de funcionar.

- “Aquí no hay despachos que marquen la diferencia. Es un concepto de empresa transparente. Tampoco rotación. Seguimos contratando…”, comentaba.

¿Y de qué vivís? Le seguía preguntando, tan sorprendida como la primera vez. Su base de datos aumentaba, pero no había signos visibles de negocio. Al menos, al principio. O yo no era capaz de verlos. Estrenaban un modelo de empresa completamente novedoso; un servicio de búsqueda de pisos que rompía con todos los moldes tradicionales.

Aquel 2003 fue, también, el año de Beñat, un joven licenciado que acababa de finalizar unas prácticas laborales en mi agencia Medialuna. Fernando me llamó preguntando por alguien para su departamento de Comunicación. Y le recomendé. A los pocos meses de aquella anécdota volví a sorprenderme: Beñat, el recién licenciado, estaba abriendo la primera oficina de idealista en Barcelona. Asumía, de la mano de los idealistas, una responsabilidad enorme, de la que me consta salió bien airoso: Beñat sigue trabajando en idealista, después de una década.

Cuando estalló la crisis, muchos de nosotros pudimos imaginar la desaparición de idealista del mapa empresarial. ¿Por qué no? El mercado inmobiliario estaba prácticamente en bancarrota. Sin embargo, llevamos seis años duros de crisis y, esta empresa, se ha mantenido erguida, fuerte, segura. Incluso ha crecido y se ha expandido a otros países como Italia y Portugal.

Creo que una de las claves de su éxito se esconde en la sonrisa de Fernando. Entiéndame, por favor: en la alegría de los idealistas; en su confianza; en su falta de miedo. Al principio, en el año 2000, creyeron, sobre todo, en ellos mismos. Lograron desarrollar un proyecto sin referencias. Después, siguieron creyendo en su gente, como creyeron en Beñat. Y no han parado de creer.

He sentido siempre orgullo de ser amiga de Fernando. He presumido de su evolución durante los últimos trece años, convirtiendo a idealista en el mejor portal inmobiliario del mercado. Es la actitud de su gente ante la empresa, ante la vida, ante sí mismos- esa actitud poderosa con forma de paraguas contra tempestades- la que les hace resistentes. Tal vez sea esa la esencia de su marca, lo que les distingue. Tengo que preguntárselo en la próxima cena.

Fernando, Jesús, César fueron los primeros en llegar, los visionarios. Estaban convencidos de que podían conseguirlo. No se dejaron invadir por el desánimo. Y siguen así, sonriendo. Mucho. Me consta. Ojalá muchas más empresas logren, en este nuevo 2014, mantener la alegría.