miércoles, 27 de noviembre de 2013

El amante insatisfecho, en la empresa o en casa

Hay un tipo de soledad difícil de explicar. Es la soledad del amante insatisfecho. Silenciosa, aparentemente inapreciable; pero profunda y poderosamente destructiva. Tiene que ver, esta clase de soledad en pareja, en cualquiera de sus ámbitos (personal o empresarial), con la estima propia. Concreto: con la falta de estima propia que muy a menudo acarrea el amante empedernido que se ciega con su amado. Lo cierto es que el amante, cuando ama, intenta proyectarse en el ser amado, buscando desesperadamente en él su compañía, su reconocimiento, su afecto incondicional. Como si de su propia vida se tratara, el amante convierte a su amado en el centro de referencia de su propio yo, en su sustento. Él es la razón de su misma vida. En torno a él gira su universo como persona: lo admira como a una especie de salvador de su espíritu solitario y pequeño. Para el amante, el amado, es el propietario de su propia estima. Él y solo él es grande. El amante, sin embargo, mucho más pequeño.

El amado se deja querer
El amado encuentra-  en ese yo deshilachado o perdido de sí mismo- muchos motivos de apego. Por eso, de forma consciente,  el amado se deja querer y, en agradecimiento, alimenta la angustia del amante con frases o rosas cortadas al anochecer, como el donjuan encantador a quien la vida agasaja. Así pasa sus días el amado, disfrutando de ese regalo de amor que le agrada, invadido por los mimos de ese perrillo que lame sus pies, recibiendo agradecido carantoñas con sonrisas.  Sea en el trabajo o en casa. Parejas hay de muchos tipos. Todas ellas sustentadas en esta extraña relación de afectos, la del toma y daca.

Para el amado, el amante esplendoroso que le busca y le ensalza desprendido de sí mismo, resulta ser una especie de suerte existencial, de ‘prodigioso regalo’. Por eso, a menudo, arrastrado por su pasión, lo deja todo y le sigue como quien disfruta de su perrillo al aire libre, bajo el sol de los verdes prados, sin preguntarse nada. El amado donjuan se deja querer a toda costa, procurando que su corazón se embriague de perfume, alimentando así su existencia, con el amor del otro; como atraído por el olor de amapolas frescas. Cuantas más, mejor, suele decirse el amado. El amante, sin embargo, le ubica solo a él en su regazo, en el pedestal de su propia existencia.  Porque, en el principio de ese embrollo afectivo de parejas, el amante está dispuesto a todo. Su mundo es el amado. El amado es, para el amante, ese ser grande que endiosa su pequeño corazón. Sea en trabajo, sea en casa.

Cuando el amante desea recibir, aparece el desconcierto

Ocurre a menudo que, antes o después, algunos amantes empiezan a quedarse sin aliento, y comienzan a mirar tímidamente a los ojos de su amado. Lo ven de otra manera. Algunos llegan a cometer el error de pedirle a su amante que repose también a sus pies, que lama sus pies descalzos y fríos, que ejerza el papel de amante para sentirse, también, un ser amado.

Cansados del camino, algunas veces hambrientos, los amantes insatisfechos reclaman a sus amados que sean también perrillos zalameros. Algunos incluso ladran, cuando no reciben su respuesta, ni señal de amor alguna. Entonces aparece el desconcierto. La decepción de la ruptura. El amado se enfurruña: ¡su perrillo parece lastimado, incluso rabioso, ya no tiene tanta gracia, ni revolotea sobre sus pies por los verdes prados! El amado se siente  defraudado: Ya no le quieren tanto… el perrillo parece desgraciado. Se ha equivocado. Decide, pues, abandonarlo.

Así, el amante, a menudo, queda tirado en la cuneta de su propia soledad, la de siempre, la de antes de haber amado, volviendo a escuchar su propio silencio, el de siempre, el de antes. Se encuentra de nuevo con ese yo íntimo, solitario y desesperado, que no pudo tapar su amado, pero más consciente que nunca de que solo él podrá curarse las heridas. Ese cambio de papeles, esa exigencia rabiosa de algunos amantes insatisfechos con su propio rol en la pareja (empresarial o personal) tiene terribles consecuencias: A los amados les cuesta entender o verse a sí mismos en un nuevo papel que no sea ese, el de amado agasajado cortando amapolas frescas, el de turista emocional que asiste a un viaje imprevisto al que quiso ser invitado.

 El amante de queda así sin viajero. Solo. Viajando de nuevo con su yo de siempre, porque no logró la proeza de que le pusieran también a él en centro del universo, ese espacio en el que uno también recibe. ¿Acaso fue alguna vez, el amado, perrillo zalamero?, se pregunta entre la ira y el miedo. Y así llega el desconcierto: el del amante que quiso también ser agasajado por su amado y encontró, en vez de amor, su atronadora despedida:

-     “Nunca hice reproche alguno. Nunca te pedí que lamieras mis pies, ni que me pusieras en el centro de tu universo. Fuiste libre. Yo también”.

De la nada, la esperanza: amarse a sí mismo

Injusto sufrimiento, el del amante que desea ser amado, escondido en el vacío de la nada, lamiendo sus propias heridas, profundas y arraigadas. Así, de la nada, comienza su esperanza: a golde de decepción, de desencuentro, de desengaño. Se encuentra consigo mismo y empieza a dejar de creer que solo el otro, su grande y orgulloso amado, es su mejor compañía. Empieza a convencerse de que él y solo él, el amante insatisfecho, puede convertirse en su propio amante para sentirse definitivamente amado. Doloroso aprendizaje.

 ¡Ay de los tiempos en los que el amante estimaba más al amado que a sí mismo! ¡Ay de aquel tiempo maravilloso y solitario en el que se negó a sí mismo en el embrollo de esa pareja! En algún momento de esta bonita historia, en la que el amado y el amante parecían tener la relación perfecta, mientras corría lastimado el perrillo blanco, surgió la razón del adiós, como una cuchillada en plena noche: ¿Por qué no dejas de ser solo el amado y empiezas, también, a ser mi amante, a lamer las heridas de mis pies cansados?

-      “Me voy. Aquí ya no pinto nada sin perro que me lama”, se despidió el amado.

El portazo sonó como el ruido de la nada. El amante encontró de pronto a su fiel amado: su yo profundo, valeroso, auténtico. Y empezó a ladrar jocoso preguntándose a sí mismo ¿debí, tal vez, alguna vez, haber amado tanto?

¿Soy yo el amado o el amante, en casa, en el trabajo?

¿Y qué carajo tiene que ver esta historia con la soledad en la dirección de las empresas u organizaciones? ¿Qué pinto yo en este blog hablando de estas intimidades? Todas las relaciones, laborales o personales, giran en torno a dos conceptos: el amor y el desamor. El dar y el recibir. El amante y el amado.

Existen miles de casos que lo confirman: historias empresariales truncadas como la de Grupo Eulen en la que un padre fundador acaba llevando al juzgado a sus propios hijos, socios en plena batalla, empresas cerradas, empleados que dan y no encuentran, jefes maltratados que no acaban de encontrar su espacio…. Tal vez sea la misma historia de siempre: Amantes que debieron haber cuidado más su propio yo; amados que debieron haber sido también amantes.

En cualquier ámbito de la vida en el que exista una relación humana habrá amor o desamor. Solo crecerán las amapolas donde exista un equilibrio emocional, un toma y daca equilibrado y consistente. Solo los que se aman a sí mismos, encuentran verdaderamente la capacidad para amar y recibir amor de los demás. Tal vez, en alguna ocasión, haya que plantearse esta sencilla y compleja cuestión ¿soy yo el amante o el amado, en el trabajo o en casa? ¿Se pregunta a sí mismo qué pueden hacer los demás por usted, o piensa cada mañana qué puede hacer usted por los demás?



No hay comentarios:

Publicar un comentario