lunes, 20 de mayo de 2013

Sobre la envidia, esa cosa destructiva

Quiero rescatar el texto de Marianne Williamson, de su libro Un retorno al amor: reflexiones sobre un Curso de milagros. Aquí va:

“Nuestro miedo más profundo no es que seamos inadecuados. Nuestro miedo más profundo es que somos poderosos sin medida. Es nuestra luz, no nuestra oscuridad lo que más nos asusta. Nos preguntamos: ¿Quién soy yo para ser brillante, talentoso y fabuloso? En realidad, ¿quién eres tú para no serlo? Usted es un hijo de Dios. Tu pequeñez no le sirve al mundo. No hay nada de instructivo en encogerse para que otras personas no se sientan inseguras cerca de ti. Todos estamos destinados a brillar, como hacen los niños. Nacimos para manifestar la gloria de Dios que está dentro de nosotros. No está solo en algunos de nosotros; está en todos. Y cuando permitimos que nuestra luz brille, inconscientemente damos permiso a otros para hacer lo mismo. A medida que nos liberamos de nuestro propio miedo, nuestra presencia automáticamente libera a otros”.

Nelson Mandela quiso compartir estas palabras de Marianne Williamson con el mundo, tras más de 27 años en la cárcel. Creo que es la clave de casi todos los éxitos; de casi todas las infelicidades, angustias y desazones. También la razón de la envidia destructiva: tener miedo a la luz que puede brillar en el prójimo y no en mí. Voy a compartir este pensamiento hoy, un lunes cualquiera de mayo, para animarme a encontrar mi propia luz; para ser capaz de ver la luz inspiradora de todos los seres humanos que me rodean, en Medialuna y en casa.


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