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Quédate conmigo, no te vayas

Me ha costado abrir el ordenador. Llevo tiempo sin escribirte, arrastro una vaguería preocupante desde que acabó la primavera o me anunciaste tu marcha. Nunca bebo y, esta noche, me estoy acabando el tinto de verano dulce que has dejado en la nevera. Voy por el segundo vaso y, tal vez, antes de acabar este texto, me haya fulminado la botella. Yo solo compro vino del bueno pero, esta noche, prefiero tragarme sin rechistar los restos de tu fiesta juvenil, como si fueran las últimas cucharadas de aquellas papillas de frutas que te comías por obligación materna.
 Esta noche, de nido vacío, de hijos veinteañeros que emigran en busca de su vida, prefiero beberme tu botella peleona; hacer un homenaje a tantos sinsabores sin sentido, celebrar el final de una batalla sin ganadores ni vencidos o el principio de una vida de recuerdos con promesas. Los hijos se van de casa, pero nunca pensé que fueran los míos y, mucho menos, que fueras tú; eso es un trago agridulce que precisa ser digerido en …

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