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Echo de menos a mi padre todos los días.

Aunque no fuera el más tranquilo (nació en 1936, cuando estalló la guerra civil en España), mi padre era la única persona del mundo ante la que podía presumir de mis logros, sabiendo que causaría felicidad. El mío era uno de esos padres que te hablan como si estuvieras a su altura, sin importarle la infancia porque, tal vez, la suya pasó inadvertida en mitad de una posguerra golpeada por el drama. Le recuerdo, a mis diez años de vida, pidiéndome consejo en asuntos relevantes, sobre la empresa, los negocios y la familia. 
Ciertamente, a su lado, me sentía mayor siendo una niña. Supongo que, tal vez, por eso crecí rápido.

Mi padre, en mi década de los veinte, presumía de hija universitaria. Entonces, él pensaba, como tantos padres de aquella España de poca escuela, cartilla de racionamiento y mucho miedo, que ir a la Universidad era un plus de inteligencia y de prestigio. Era algo así como ser importante, de clase alta.

Fui la segunda de sus cinco únicas hijas. Sé que, en este aspecto co…

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